El ciclo lectivo encuentra a 860 mil chicos fuera de las aulas. En un año que se inicia con la nueva Ley Nacional de Educación, se hace imperativo asegurar la inclusión de los niños en la escuela. Con esa premisa trabajan muchas OSC que además piden más compromiso del Estado para lograr la igualdad de oportunidades.
Buenos Aires, marzo de 2007 (RIS-Argentina) Estos días comienzan como tantos otros para Mariela, de 16 años. A diferencia de lo otros chicos, ella no prepara su mochila para volver a clases, sino para salir a trabajar y ganar unos pesos que ayuden a su familia. Ella es una entre los más de 376 mil chicos de entre 12 y 17 años que abandonaron los estudios antes de obtener su diploma por falta de recursos económicos, entre otras razones. Mientras, las escuelas de todo el país se preparan para abrir sus puertas con la novedad de la entrada en vigencia de la nueva Ley Nacional de Educación.
La deserción estudiantil –tanto como el fracaso escolar– despierta preocupación en algunos funcionarios y en muchas organizaciones de la sociedad civil (OSC). Incluso entre los empresarios, que perciben la falta de personal calificado para cubrir puestos en los que se requiere egresados con formación más específica. “Desde el golpe de Estado de 1976 se implementaron políticas de desindustrialización que construyen una cultura del no trabajo y que provocan que los jóvenes no tengan un espejo donde mirarse: sus padres son desocupados que cobran planes asistenciales, y esto propicia, entre otros factores, el abandono escolar”, analizó Laura Piñero, investigadora y asesora de la Fundación de Organizaciones Comunitarias (FOC).
Algo similar opinó Eduardo Marello, coordinador del Foro Social y Educativo Paulo Freire: “Como consecuencia de años de desocupación, no hay una cultura de trabajo en los sectores postergados de la sociedad, y esto contribuye al fracaso escolar y al abandono de la escuela”. Por su parte, Lizzie Wanger, directora ejecutiva de la Fundación del Viso (FDV), comentó que “a pesar de que en la escuela primaria, la concurrencia es casi universal, los chicos sólo asisten y no aprenden, porque los contenidos curriculares no son de calidad”. Y sentenció: este sistema deriva en “una exclusión que produce fracaso educativo”.
Las organizaciones del sector social consultadas por RIS-Argentina coincidieron en que esta exclusión fue originada por la reforma educativa implementada durante los años 90.
Lo cierto es que hoy el desafío educativo es doble porque además de abrirle las puertas de las aulas a los jóvenes que no asisten a la escuela, “también hay que brindar una educación de calidad a todos, ya que investigaciones recientes nos muestran que si bien en la escuela media han ingresado sectores antes excluidos, la segmentación del sistema es alta, por lo que nos encontramos con circuitos de calidad bien diferenciados”, explicó Agustina Cavanagh, directora ejecutiva de la Fundación Cimientos.
Según datos de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec, unos 860 mil jóvenes se encuentran fuera de las aulas. “Los datos censales también muestran que los fenómenos de repitencia, sobreedad y abandono afectan particularmente a los chicos pertenecientes a los sectores más desfavorecidos de la sociedad”, remarcó la directora ejecutiva de Cimientos.
Mientras tanto, el Ministerio de Educación dispone de un presupuesto de 67 millones de pesos para implementar varias iniciativas, que apuntan a que niños y adolescentes vuelvan o ingresen por primera vez al sistema. “Por la situación económica de sus padres, es mucho más difícil la reinserción de los chicos, quienes prefieren trabajar o ayudar a sus familais. Pero también somos concientes que otro factor es la rigidez de las propuestas pedagógicas que no responden a las necesidades” en este área, comentó Gladys Kochen, coordinadora del Programa Nacional de Inclusión Educativa.
Para Cavanagh, “el Estado tiene que generar leyes que abran las puertas de las instituciones a todos, y además desarrollar propuestas de enseñanza alternativas que derriben aquellas barreras para la permanencia en la escuela”.
En diálogo con RIS-Argentina, Laura Taffetani, directora de la Escuela de Educadores Populares de la Fundación Pelota de Trapo, opinó que “el Estado debe garantizar la salud y la alimentación de los chicos para evitar este fenómeno”. Y remarcó que “los primeros cincos años de vida son fundamentales, ya que si en ese período los niños no comen, no van estar en condiciones intelectuales para permanecer en el sistema educativo, y por lo tanto serán excluidos sociales”.
Por su parte, Laura Piñero, de FOC, consideró que “hay que promover más experiencias de articulación de baja escala entre organizaciones barriales, el Estado y OSC con herramientas innovadoras. Debemos buscar aquellas que sean exitosas y sistematizarlas para que sean implementadas a gran escala por el Estado”. En tanto, Eduardo Marello, del Foro Paulo Freire, pidió que haya coordinación entre los ministerios de Educación, Salud, Desarrollo Social y Economía para poner en marcha políticas públicas que apunten al regreso de los chicos a las aulas.
Al igual que muchos otros de su edad, Mariela no va a la escuela. Pero estudia y aprende serigrafía en un centro cultural comunitario. Se trata de experiencias educativas no formales que surgieron para atenuar las consecuencias de la crisis, en las que participan miles de chicos y jóvenes.
“Un joven que estudia carpintería en un taller debería tener la posibilidad de completar sus estudios al mismo tiempo que aprende ese oficio, y no estar obligado a desertar de la educación formal”, consideró Piñero. “La escuela no recupera a los adolescentes porque sus propuestas no responden a las necesidades de ellos”, aseguró la directora de la Fundación Del Viso que, junto a 30 organizaciones lleva adelante acciones para hacer más justa e igualitaria la educación en ese distrito situado en el partido bonaerense de Pilar. (Por Esteban Vera)
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